El misterio del cuadro del Prado
| Cinco minutos le bastaron para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo. |
En París, el amor está por todas partes: en sus bares y cafés, bajo la Torre Eiffel e incluso en el Metro que corre por debajo de sus calles. París era la ciudad de los amantes del amor, y por aquel entonces, era mi pequeño jardin de las Hespérides.
Encima de la mesa había un pequeño aparato de música, antiguo, como esas cortinas horrendas del cuarto de baño. La música de Leonard Cohen nos mantenía despiertos, mientras goteaban los pinceles que había usado para bordear los contornos. Como abismo, como música. Quería que pusieras a Serge Gainsbourg, un innegable tributo a el muso del erotismo francés. Hablamos de Voltaire, de Charles De Gaulle e incluso de mí Napoleón. Me decías, que todo amor que no sea una pasión furiosa y trágica debe ser erradicado del teatro; y un amor, sea cual fuere, estaría tan desplazado en electra como en athalie. Había llegado la hora de reformar la tragedia y de purgarla de amorios insipidos lo mismo que se ha purgado el escenario de petimetres.
Yo tenía encanto y tu tenías fascinación, lo demás estaba hecho. Con tu pincel, por el amor guiado, diluirías en la cándida vitela de un abanico mi sutil figura, entre el rosa fragante y la frescura de un florido paisaje de acuarela. Aclarabas y oscurecías los tonos con la yema de los dedos, así sin decolorarlos. Nos parecíamos, no decías todo; y sin embargo, pintabas más de lo que los ojos podían mostrarle a un hombre. Una pintura, es un poema sin palabras, y yo, me deshacía entre esos manteles. La pintura poesía muda, y la poesía, pintura ciega. Escuchaba la melodía que formaba el pincel contra el lienzo, mientras oíamos la música... hasta que... me quedé dormida, como una golondrina en el nido de su abejarruco.
Pour les souvenirs pas inventés.
