Manantial entre rocas


Estoy buscando 
un rincón del mundo en el que perderme, 
para barrer todo el polvo que atraviesa mi garganta. 
Pero sigo aquí, 
en el mismo lugar de siempre, 
entre las mismas páginas de siempre, 
en ese libro de tapa carcomida que nunca debí comprar. 

Pero si callo, 
no es, sino para reprimir 
la angustia de las hojas caídas del árbol, 
hojas con las que juega el viento,
hojas de ilusiones pérdidas.
 
He tapizado mi piel, 
he dibujado una sonrisa,
que se apaga  cuando tocan el interruptor de mi costado derecho. 
Ahí, entre la tercera y la cuarta costilla. 
Ahí, dónde se encuentran los silencios,
los llantos y el pesimismo. 
Me he tatuado un trébol de cinco hojas,
sobre mi clavícula, para ser capaz de esperar,
incluso lo imposible. 

Sonrío, como si hubiera dejado de llover, 
pero lo cierto es que por aquí,
sólo hay claros y nubes, 
y dentro de poco, llegará la nieve. 
La nieve que congela las manos,
manos con las que palpo mis sueños;  
la nariz con la que me oriento entre las nubes. 

Ya no miro, 
mis ojos no desvelan sino incertidumbres;
es por ésto, 
que he decidido, 
dejar caer los párpados, pesados como puños, 
he dejado, que lo que hace bombear mi corazón, 
me dibuje entre lo que será, 
y lo que no fué. 

Ya no asisto, sino a mi respiración, 
no curo, sino mis ampollas, 
no alimento, sino mi locura, 
no lloro, sino por quienes me sostienen,
no corro, sino por la vida que se me escapa, 
y no grito, sino por llamar a las luciérnagas, 
para poder volver a guardarlas en un tarro de cristal. 

Y es que, he aprendido, 
que la vida no es, sino lo que se espera de ella, 
pero que no siempre somos, lo que hubieramos deseado.

Nada ha cambiado desde que caí de mi cuerda, 
desde que el funambulista perdió el equilibrio.
Nada ha cambiado porque el corazón no quiso, 
porque los pulmones no quisieron. 
Todo sigue igual,
y yo, 
doy gracias por ello.

Porque, 
todo lo que importa, 
todo sigue igual. 
Como manantial entre rocas, 
como águila sin destino. 

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