Ella le tiene miedo a caminar
Has venido, como hacía mucho que no hacías.
Has recorrido mi corazón como alguna vez hiciste, suspirando contra mi pelo palabras que nunca olvidaré. Me he levantado, pensando en cómo ocurrió, caminando con los pies descalzos por el pasillo. Mi cuarto lleva tu nombre desde que me miraste a los ojos y se quedaron tus manos atrapadas entre mis costillas. Hoy, más que nunca puedo pronunciar la palabra París, gracias a tí. Porque, aunque ya te hayas ido, las ramas de la semilla que plantaste bajo mi clavícula izquierda, siguen creciendo. Te llevo puesto en la piel, bajo los músculos que aflojan las pesadillas que tengo cada noche. Nada ha cambiado desde que te grité que desaparecieras de mi vida. Y yo sigo buscándote todos los días entre el papel mojado de mi pared.
París dejo de ser nuestro plan B cuando las luces se apagaron, cuando dejamos de ser valientes.
Los recuerdos se me distorsionan cada vez que alguien me pregunta por mí, y es que no estoy hecha para montarme en trenes que no sé adónde se dirigen, del mismo modo que asumo que tampoco sé cómo dirigirme a ti sin que mis palabras se ofendan.
Me enamoré tres minutos antes de conocerte. Me enamoré cuando crucé mis miedos y salté al vacío. Me enamoré cuando me hablaste de sueños, mucho antes de que yo supiera ver entre las nubes. Me enamoré cuando encontré mi raza en tu ombligo, y tracé un mapa con todas las piedras y montañas que se enconden en tu espalda. Soplé mis velas a tu lado, y no hablo de años, sino de vidas. Y te prometo que la próxima vez que acumule vidas, volveré a aparecer otra noche con rosas que llevan mi nombre entre las manos.
Te he echado mucho de menos, pero sé que lo importante no fue llegar a algún lado, si no viajar contigo.
