Sueños en una bañera
Vengo de un pequeño país donde las ojeras desaparecen cada vez que vienes a darme un beso.
Muchas veces, pienso que debería desplegar mi avioneta de cristal e irte a buscar con mi sombrero de papel. Andar corriendo, por la arena mojada, y seguir tus pasos, mientras me tiro sobre tu cuello y tu me sostienes por la cintura. El pelo, azota mi cara y no puedes más que apartarlo para no masticar la dulzura que se enconde en mi cabeza. Me encanta retozar mis pies con los tuyos después de salir del agua; mirarte a los ojos y descubrir pequeñas gotas de agua y sal, a punto de caer al abismo, a tientas caminando por el final de tu cuepo y suspirar mientras sonries, por el sombrero que se llevó una gaviota gris.
Lo que más me gusta de tí, tu serenidad, esa manera de coger las copas de cristal rojas y el pequeño desafío que me lanzas cada noche.
Podría volver mis pasos, acuñar la espada de platino y volver caminando sobre la mansa hierba verde que se mueve con el viento.
Podría no volver a acordarme de ti, no volver a ver tus fotografías ni la magia que hay entre tus manos. Podría despertarme sin tí, amanecer en otro lugar, vivir con otras personas y no volver la vista atrás. Pero no puedo, no puedo hacerlo, por el simple hecho de lo que ya has conseguido escribir sobe mi piel. A fuego lento se quedaron marcadas mis pupilas y plastificados mis sentidos. Y así, puedo volver a ellos, puedo volver a recordar lo bonito de la nieve y del frío. Lo bonito de tu ausencia, tus palabras y la tentación de poder volver contigo, una vez más, como cada viernes.
A veces me pierdo, como tú, que llevas años perdido, como yo, una muñeca de plastilina, que tiene un mapa vacio...
Muchas veces, pienso que debería desplegar mi avioneta de cristal e irte a buscar con mi sombrero de papel. Andar corriendo, por la arena mojada, y seguir tus pasos, mientras me tiro sobre tu cuello y tu me sostienes por la cintura. El pelo, azota mi cara y no puedes más que apartarlo para no masticar la dulzura que se enconde en mi cabeza. Me encanta retozar mis pies con los tuyos después de salir del agua; mirarte a los ojos y descubrir pequeñas gotas de agua y sal, a punto de caer al abismo, a tientas caminando por el final de tu cuepo y suspirar mientras sonries, por el sombrero que se llevó una gaviota gris.
Lo que más me gusta de tí, tu serenidad, esa manera de coger las copas de cristal rojas y el pequeño desafío que me lanzas cada noche.
Podría volver mis pasos, acuñar la espada de platino y volver caminando sobre la mansa hierba verde que se mueve con el viento.
Podría no volver a acordarme de ti, no volver a ver tus fotografías ni la magia que hay entre tus manos. Podría despertarme sin tí, amanecer en otro lugar, vivir con otras personas y no volver la vista atrás. Pero no puedo, no puedo hacerlo, por el simple hecho de lo que ya has conseguido escribir sobe mi piel. A fuego lento se quedaron marcadas mis pupilas y plastificados mis sentidos. Y así, puedo volver a ellos, puedo volver a recordar lo bonito de la nieve y del frío. Lo bonito de tu ausencia, tus palabras y la tentación de poder volver contigo, una vez más, como cada viernes.
A veces me pierdo, como tú, que llevas años perdido, como yo, una muñeca de plastilina, que tiene un mapa vacio...

