Chambre
"Creo que si observas todo detenidamente... esta mesa, lo que hay sobre
ella, la nevera, esta habitación, su nariz... el mundo entero... puedes
darte cuenta de que hay una especie de armonía cósmica entre las formas y
los tamaños. Y me preguntaba porqué. No sé porqué es así, pero es así."
Hoy, aún espero despertarme y poder acariciarte con mis pies, mientras te arranco el sueño de las cuatro y media de la tarde. Revestirme de tus abismos cuando abres los ojos y estirar mis raíces, dejando al descubierto las hojas verde esmeralda que anoche besastes.
Pero mi realidad, ya se ha alejado de lo que un día creí que fue el paraiso. A las cuatro de la tarde, me acuerdo de tu sonrisa y entonces, me recuesto en el respaldo de mi silla y suspiro intentando hacer volar todo ese polvo que se ha quedado arrinconado sobre mis labios. A las cinco, comienza a entumecerséme el dedo del pie gordo, cuando me acuerdo de tu respiración sobre mi pelo. Las manos se me enfrían cuando no tengo dónde apoyarlas y los ojos se me llenan de agua-rás cuando no estás tu para apaciguar la desesperación que me invade en algunos momentos. A las seis, comienza a hacérseme cada vez más pesado el tiempo, y espero, poder acostarme entre las sábanas que en otro siglo fueron nuestras. A las siete, suena el reloj del campanario, ahugurando nuevos caminos, caminos que no llegan y que quebrantan mis nuevos zapatos de charol negros.
Desespero intentando escribir tu nombre sobre mi piel, envenemándome con esa tinta negra que una mañana esparcí por el salón, mientras cantaba una canción que nunca escuché.
Me pesan los hombros y las orejas, escuchando lo que no me interesa, y aguantando el peso de los minutos que me paralizan sin dejarme avanzar.
Muerta y sin café. He olvidado levantarme para seguir por ese camino que un día imaginé en mi vida, y he olvidado el resguardo de mi llegada a este mundo en la taza de té blanco que me dieron antes de llegar. Así que supongo que nada me queda, más que intentar recuperar aquello que un día fue mío y alejarme de la bruma que recorren estos viejos y cansados huesos de una niña que lleva soñando y paseando toda la vida.
Buscando la lluvia que me mojaba cada mañana, y la arena que pisaban mis pies. La aurora que renacía entre las montañas heladas y celebraba la vida; me toca volver, quedarme memorizado cada rincón, en mi futuro, en el recuerdo, para vivir a menudo en esta habitación, para no olvidarme nunca de quién he sido y de dónde vengo. Y así, poco a poco, ir descubriendo quién soy en realidad.
Pero mi realidad, ya se ha alejado de lo que un día creí que fue el paraiso. A las cuatro de la tarde, me acuerdo de tu sonrisa y entonces, me recuesto en el respaldo de mi silla y suspiro intentando hacer volar todo ese polvo que se ha quedado arrinconado sobre mis labios. A las cinco, comienza a entumecerséme el dedo del pie gordo, cuando me acuerdo de tu respiración sobre mi pelo. Las manos se me enfrían cuando no tengo dónde apoyarlas y los ojos se me llenan de agua-rás cuando no estás tu para apaciguar la desesperación que me invade en algunos momentos. A las seis, comienza a hacérseme cada vez más pesado el tiempo, y espero, poder acostarme entre las sábanas que en otro siglo fueron nuestras. A las siete, suena el reloj del campanario, ahugurando nuevos caminos, caminos que no llegan y que quebrantan mis nuevos zapatos de charol negros.
Desespero intentando escribir tu nombre sobre mi piel, envenemándome con esa tinta negra que una mañana esparcí por el salón, mientras cantaba una canción que nunca escuché.
Me pesan los hombros y las orejas, escuchando lo que no me interesa, y aguantando el peso de los minutos que me paralizan sin dejarme avanzar.
Muerta y sin café. He olvidado levantarme para seguir por ese camino que un día imaginé en mi vida, y he olvidado el resguardo de mi llegada a este mundo en la taza de té blanco que me dieron antes de llegar. Así que supongo que nada me queda, más que intentar recuperar aquello que un día fue mío y alejarme de la bruma que recorren estos viejos y cansados huesos de una niña que lleva soñando y paseando toda la vida.
Buscando la lluvia que me mojaba cada mañana, y la arena que pisaban mis pies. La aurora que renacía entre las montañas heladas y celebraba la vida; me toca volver, quedarme memorizado cada rincón, en mi futuro, en el recuerdo, para vivir a menudo en esta habitación, para no olvidarme nunca de quién he sido y de dónde vengo. Y así, poco a poco, ir descubriendo quién soy en realidad.
