Contigo


Recuerdo el suave olor a madera. El sonido del crepitar de la leña ardiendo en la chimenea. El tacto del terciopelo, el prólogo de miradas. Las sonrisas. El piano. Y el frío que hacía allí afuera. 
Amaba cada uno de los rincones de aquella casa. Y me hubiera quedado allí aunque el viento se hubiera llevado todos los cimientos. Aunque se hubieran apagado las luces y enfriado la madera. Aunque el frío quemase y la lluvia hiciera nido sobre mi pecho. Estaba totalmente extraviada, la mente confusa y repleta de pensamientos ininteligibles pero a fin de cuentas... viva. Arrastré los pies sobre el suelo de madera, brillante y cálido, atravesé aquel pasillo blanco hasta el final. Frente a mí se abría una gran habitación llena de estanterías y libros. La mayoría de ellos estaban llenos de polvo, cómo si los hubieran olvidado para siempre en aquellas estanterías. Arrastré los dedos por los bordes de los libros, sentí la rugosidad de las viejas portadas y el frío que emanaba de su interior. Olía a cerrado. Aquellos libros debían sentirse igual que yo me había sentido hace años cuando vivía en aquella plaza de Santa Maria La Real. Aquel número 3, con la necesidad de que alguien me sacudiera todo el polvo, que me zarandeara y me pasara la mano por los rebordes y me acariciara el alma. Algo a lo que nadie prestaba atención. Como a los capítulos y fragmentos de esos libros, cuyo interior parece no leer nadie. En ese momento escuché el crujido de la madera, y te sentí entrar en la habitación. El olor se tornó azul. A menta y a regaliz. Me abrazas la cintura y colocas la taza humeante sobre una de las estanterías. No dices nada. Solo agarras algunos mechones de pelo para poder colocar tu barbilla sobre mi hombro derecho. Allí, cerca de donde drena toda la sangre del cuerpo para ser saneada. Mis pulmones se expanden al mismo tiempo que desciende el diafragma y me sube el pulso. Sabes que tengo una tensión irremediablemente baja. De ahí que mi corazón tenga que hacer un esfuerzo, a veces, para tratar de bombear  más y más rápido. Por eso cada vez que me abrazas puedes sentir mi corazón sacudirse, tratando así de alcanzar la sincronía con el tuyo. Por eso tengo los dedos fríos la mayor parte de las veces, o me mareo si a las mañanas hacemos el amor.  

Nunca me has juzgado. Jamás he podido escuchar de tu boca una premisa sobre cómo debería ser o no ser. Y por eso siempre supe que eras un hombre que merecía entrar en mis prioridades. Sabías sacarme a bailar todas las noches. Me mirabas, de forma breve y tranquila ... y nos entendíamos. Perpetuábamos el olor a sándalo de aquella casa que resguardaba los buenos, y los peores momentos. Aquellos que jamás pasábamos a contar al exterior. Nunca había esperado nada de tí, probablemente por todo aquello que los años y la experiencia me iban dando, y quizás por eso mismo, me habías dado todo aquello que acabó por hacer florecer una plantación de bambú a orillas de un riachuelo que era mi pecho. Cada día había aprendido algo sobre el viaje, sobre la partida y sobre el planeta. Pausadamente. Al azar de las reflexiones, que en ocasiones, podían ser algo destructivas. Tú llegaste sin hacer ruido. Sin  montar un escándalo y con la salvedad de haber empezado a desechar tus cicatrices bajo una tormenta de arena. A veces, me observabas mirando al infinito, allí donde las líneas paralelas se juntan haciéndose secantes, y me preguntabas cargado de una ligera preocupación por saber que clase de pájaros revoloteaban por mi mente.  A veces eran pequeños colibríes, otras águilas rapaces y majestuosas, otras en cambio eran cuervos negros e incluso aves carroñeras posándose sobre el baobab que formaban los pensamientos encadenados y obstructivos. La mayoría de las veces podía contarte la verdad. Decirte el tipo de ráfagas de viento sobre las que volaban. En otras, la menor de las veces, abanderaba una firme sentencia despreocupada y te daba un beso en la mejilla para sentir la piel cada vez más deshidratada por el paso de los años y tu mano en la cintura. Allí donde nace uno de mis primeros rincones favoritos que compartir contigo. Y ahi fue que volví a sentirlo. Otra vez. De nuevo. Mi corazón. Bombear en sincronía con el tuyo.

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