Ella. Digo.
Era de esas personas, que prefieren caminar solas por las aceras.
De esos poetas que se emborrachan con el aire que emanan otros pulmones.
Como el drogadicto enloquece con el polvo en la esquina de una mesa, ella enloquecía con el polvo en cada una de las esquinas de ciertas camas.
Era de esa clase de gente que es extraña queriéndolo y sin querer, para dejar de ser alguien y convertirse en pronombre de cuatro letras sin dueño.
De esos que prefieren el vino tinto en un sofá compartido, o en algún balcón escondido del mundo, a cualquier garito negro lleno de lamentos enmascarados.
De esas personas que sin ser duende, hacen magia con solo fijar los ojos y apartar la vista. Con una colección de inspiraciones que abanderan la cima de su pecho izquierdo.
De esos que besan las cicatrices sin curar, y que guardan mil intenciones bajo almohadas ajenas.
Y pese a los cómos, ella es ésa, la que sigue durmiendo en los vagones donde nadie la ve, para que no le roben los sueños que tiene de día, ni las lágrimas de cada abril, que rompen cada vez que llora el cielo...
...cuando termina libros que nunca tuvo que haber leído.
